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La gran mentira inmobiliaria

  • Foto del escritor: Carles P
    Carles P
  • 7 jul
  • 3 min de lectura

Abrir los ojos duele.


Darse cuenta de que el problema del sector inmobiliario no es el mercado, sino quienes llevan años prostituyéndolo, resulta incómodo.


Porque la venda está bien pegada: décadas de "todo vale", de la obsesión por la exclusiva conseguida a cualquier precio, del portal inmobiliario convertido en religión y del mantra de que vender una vivienda consiste únicamente en hacer cuatro fotos (y que fotos!!), subir un anuncio y esperar una llamada.


Hace falta valor para arrancarse esa venda.



Valor para admitir que el sector ha confundido cantidad con calidad, exposición con estrategia y captación con asesoramiento.


Que demasiados profesionales han dejado de representar a los propietarios para convertirse en simples perseguidores de comisiones.


El mercado no está saturado de inmobiliarias.


Está saturado de inmobiliarios.


Porque agencias hay muchas.


Profesionales, bastantes menos.


Vivimos la era del comercial anfibio.

Hoy vende pisos, mañana placas solares, pasado seguros y el jueves hipotecas. Todo sirve mientras deje una comisión.


El conocimiento profundo de un activo, la estrategia de comercialización o la negociación han sido sustituidos por cursos de fin de semana, vídeos de veinte segundos y frases motivacionales de LinkedIn pronunciadas por quien nunca ha negociado una operación complicada.


El propietario, mientras tanto, cree que tiene donde elegir.


Y sí, elegir puede elegir.


Igual que uno puede escoger entre veinte restaurantes que sirven comida congelada.


El problema no es la oferta.


Es el contenido.


Durante años se ha vendido la falsa idea de que cuantos más portales, más anuncios y más agencias publiquen una vivienda, mayores serán las probabilidades de venderla.


La realidad es exactamente la contraria.


Una propiedad repetida veinte veces deja de parecer exclusiva para convertirse en sospechosa.


Si todos la venden, nadie la representa.


Si cualquiera puede anunciarla, nadie la protege.


La vivienda deja de ser un activo para convertirse en un producto de saldo.

Y mientras tanto aparecen los gurús.


Los predicadores del algoritmo.


Los sacerdotes del CRM milagroso.


Los iluminados que prometen vender cualquier propiedad en treinta días siguiendo un embudo de captación diseñado por alguien que jamás ha pisado un salón con un comprador dudando delante de una oferta de un millón de euros.


Hablan de automatización.


De inteligencia artificial.


De funnels.


De escalabilidad.


Pero curiosamente nunca hablan de lo único que sigue cerrando operaciones desde hace siglos: entender a las personas.


Porque las viviendas no las compra un algoritmo.


Las compra alguien con miedos, expectativas, contradicciones y emociones.


Eso no lo resuelve un chatbot.


Lo resuelve un profesional.


La gran tragedia del sector es haber confundido marketing con ruido.


Hoy cualquier piso mediocre tiene un dron.

Vídeo.

Reel.

Tour virtual.

Home staging digital.

Cincuenta publicaciones.

Ochenta hashtags.

Y trescientas visualizaciones de personas que jamás podrían comprarlo.


Mucho espectáculo.

Poca estrategia.


La paradoja resulta casi cómica.


Nunca hubo tantas herramientas para vender bien.


Y, sin embargo, nunca fue tan fácil vender mal.


Porque la información se ha democratizado.

La experiencia, no.


Los propietarios llegan convencidos de conocer el mercado porque han pasado una tarde navegando por Idealista.

Los compradores creen saber negociar porque han visto diez vídeos en TikTok. Y algunos agentes piensan que una valoración consiste en hacer la media de cuatro anuncios publicados.


Todos opinan.


Muy pocos saben.


Y así el sector se ha convertido en una gigantesca feria de egos donde importa más salir en redes que resolver problemas.


Más seguidores que operaciones.


Más branding personal que resultados.


Más discursos que conocimiento.


Quizá haya llegado el momento de recordar algo tan sencillo como revolucionario.


Una vivienda no necesita más publicidad.

Necesita más inteligencia.


No necesita veinte comerciales.


Necesita un representante.


No necesita ruido.


Necesita estrategia.


Porque vender bien nunca consistió en abrir una puerta.


Consiste en saber cuál abrir, cuándo hacerlo y, sobre todo, para quién.


Y esa diferencia, aunque algunos todavía no quieran verla, es la que separa a quien simplemente enseña casas de quien realmente protege el patrimonio de sus clientes.


 
 
 

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